Artículos de Investigación

Influencia de la edad y los valores ecológicos en los comportamientos proambientales

Influence of Age and Ecological Values on Pro-Environmental Behaviors

Teresa Martín Muñoz
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), España
Itziar Fernández
Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), España

Influencia de la edad y los valores ecológicos en los comportamientos proambientales

Revista Virtual Universidad Católica del Norte, núm. 79, pp. 145-174, 2026

Fundación Universitaria Católica del Norte

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Recepción: 18 Diciembre 2025

Aprobación: 03 Agosto 2026

Resumen: La creciente crisis ambiental y la necesidad de promover comportamientos sostenibles hacen necesario comprender los factores psicosociales que influyen en la intención de conducta proambiental. En este contexto, este estudio correlacional analiza cómo el sexo, la edad y los valores ecológicos de antropocentrismo, egobiocentrismo y biosferismo explican dicha intención. La muestra estuvo constituida por 1.011 participantes (M = 36.29 años; 59.6 % mujeres). Se realizaron análisis de varianza, correlacionales y regresiones múltiples para evaluar la intención proambiental y sus tres modalidades: ecologista, campista y urbana. Los resultados constataron que los valores biosféricos constituyen el predictor más consistente, mientras que el antropocentrismo y el sexo masculino se asocian negativamente con la intención general y sus tres modalidades. La edad tuvo una relación positiva, confirmando que los adultos (vs. jóvenes) manifestaban mayor compromiso ambiental. Aunque el sexo influye, no se observó interacción significativa entre sexo y edad en los valores biosféricos, lo que indica su estabilidad entre generaciones X (Baby Boomers), Y (Millennials) y Z. En conjunto, los hallazgos subrayan la importancia del biosferismo como base motivacional del comportamiento sostenible y la necesidad de promover intervenciones educativas y comunitarias orientadas al fortalecimiento de estos valores y al desarrollo de una conciencia ambiental.

Palabras clave: Antropocentrismo, Biosferismo, Conducta campista, Conducta urbana, Edad, Intención de comportamiento proambiental, Valores ecológicos.

Abstract: The growing environmental crisis and the need to promote sustainable behaviors make it essential to understand the psychosocial factors underlying pro-environmental behavioral intention. Within this framework, this correlational study analyzes how sex, age, and ecological values—anthropocentrism, egobiocentrism, and biospherism—explain such intention. The sample comprised 1,011 participants (M = 36.29 years; 59.6% women). Analyses of variance, correlations, and multiple regressions were conducted to examine general pro-environmental intention and its three modalities: ecologist, outdoor (camping related), and urban. Results showed that biospheric values were the most consistent predictor of pro-environmental intention, whereas anthropocentrism and male sex were negatively associated with overall intention and its three modalities. Age showed a positive relationship, indicating that adults (vs. young people) reported stronger environmental commitment. Although sex had an effect, no significant interaction between sex and age was found in biospheric values, suggesting stability across generations X (Baby Boomers), Y (Millennials), and Z. Overall, the findings highlight the importance of biospherism as a motivational basis of sustainable behavior and the need to promote educational and community interventions aimed at strengthening these values and fostering environmental awareness.

Keywords: Anthropocentrism, Biospherism, Outdoor behavior, Urban behavior, Age, Pro-environmental behavioral intention, Ecological values.

Introducción

La sostenibilidad ambiental se ha consolidado como un desafío global, reflejado en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) propuestos por la Organización de Naciones Unidas (ONU), especialmente aquellos vinculados con la acción climática, las ciudades sostenibles y el consumo responsable (Organización de las Naciones Unidas [ONU], 2015). En particular, el concepto de ciudades sostenibles enfatiza la necesidad de diseñar entornos urbanos que integren la eficiencia ambiental, la equidad social y la mejora de la calidad de vida, mediante estrategias orientadas a la salud pública, la movilidad sostenible y la reducción del impacto ecológico (Salas Zapata et al., 2016).

El cambio climático constituye uno de los principales retos del siglo XXI, con evidencias crecientes sobre el aumento de la temperatura media global, la intensificación de fenómenos meteorológicos extremos y la alteración de los ecosistemas naturales. Los informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, 2023) señalan que estas transformaciones están estrechamente relacionadas con la actividad humana, lo que subraya la urgencia de promover respuestas coordinadas. Ante esta realidad, comprender los factores que favorecen la predisposición individual a actuar en favor del medio ambiente se ha convertido en una prioridad científica y social. No obstante, la evidencia disponible indica que la existencia de actitudes favorables hacia la sostenibilidad no siempre se traduce en comportamientos efectivos; fenómeno ampliamente descrito como la inconsistencia entre la actitud y la conducta (Ajzen, 2020; Ajzen & Albarracín, 2007).

Desde la psicología social aplicada se ha prestado especial atención a la conducta proambiental con el objeto de explicar por qué las personas adoptan o no comportamientos sostenibles y cómo pueden promoverse cambios conductuales duraderos (Lois, 2026). En este marco, se ha destacado la relevancia de los factores psicosociales como los valores personales, las normas sociales y las creencias ambientales en la explicación del comportamiento proambiental. En este sentido, este estudio tratará de analizar qué papel juegan los valores ecológicos y las variables sociodemográficas sobre la intención de conducta proambiental. Para el desarrollo de esta propuesta empírica resulta necesario revisar los principales enfoques teóricos que explican la acción ambiental y los factores que la determinan. De este modo, el presente estudio se sitúa en la intersección entre la psicología social y la investigación sobre sostenibilidad, con el objetivo de contribuir a la comprensión de algunos de los determinantes psicosociales y sociodemográficos de la conducta proambiental.

Marco teórico

Se estructura en los siguientes tres epígrafes, a saber: bases cognitivas y normativas de la acción proambiental, valores ecológicos y comportamiento proambiental y factores sociodemográficos y contextuales.

Bases cognitivas y normativas de la acción proambiental

A través de varios modelos teóricos se ha investigado qué factores influyen en la predisposición personal a actuar en favor del medio ambiente (Saza-Quintero et al., 2021). Entre ellos, cabe mencionar las teorías de la Acción Razonada y Comportamiento Planificado de Icek Ajzen y Martin Fishbein (véase Ajzen, 2020; Ajzen & Albarracín, 2007; Fishbein & Azjen, 1975), así como la Teoría de Valores‑Creencias‑Normas (Value-Belief-Norm Theory, VBN) de Stern et al. (1999). El presente estudio se centrará en esta última.

La VBN de Stern et al. (1999) se fundamenta en el Modelo de Influencia Normativa propuesto por Schwartz (1977). Shalom H. Schwartz analizó cómo las personas perciben y definen hechos que implican una decisión moral; es decir, situaciones en las que se debe decidir entre distintas acciones en función de valores y normas descriptivas y prescriptivas.

Concretamente, en el presente trabajo se tendrá en cuenta el comportamiento proambiental, sirviendo la VBN de base para comprender cómo los valores y las creencias sobre el medio ambiente influyen en la activación de normas que motivan conductas responsables hacia uno mismo, los demás y la biosfera (Amérigo et al., 2005; Sevillano & Olivos, 2019).

Investigaciones recientes aplican la VBN para explicar comportamientos proambientales en espacios agrícolas y urbanos, confirmando que los valores influyen sobre el comportamiento a través de creencias ecológicas y normas personales. Así, Gao et al. (2024) muestran que los valores ambientales predicen la intención de jóvenes de adoptar una agricultura sostenible, ampliando la teoría de la VBN con la variable de compatibilidad percibida. Mamun et al. (2023) confirman la validez de la VBN en prácticas de jardinería en entornos urbanos. Razzaghi Borkhani et al. (2023) evidencian que los valores influyen en conductas de conservación agrícola en Irán mediante la activación de normas personales. Finalmente, Yang et al. (2024) corroboran, en China, que la teoría explica la adopción de prácticas agrícolas que emplean el uso eficiente del agua.

Cabe destacar que, en el análisis de los comportamientos proambientales, la actitud se ha identificado como un elemento clave, al integrar componentes cognitivos (conocimientos), afectivos (preocupaciones emocionales) e intencionales (disposiciones a actuar) (López-Miguens et al., 2015; Rivera-Torres & Garcés-Ayerbe, 2018; Steg & de Groot, 2019).

La VBN plantea una secuencia explicativa que vincula valores, creencias ambientales o cosmovisiones, normas personales y comportamientos proambientales (Amérigo et al., 2005; 2007; 2012). Coherente con este modelo, Schultz (2000) identificó empíricamente una estructura tripartita (egoísta, socioaltruista y biosférica) de creencias sobre el deterioro ambiental. Otros autores destacados en esta área (véase Thompson & Barton,1994), al analizar las creencias que orientan la relación entre individuo-ambiente, constataron dos perfiles de individuos: uno antropocéntrico, que corresponde a aquellos que valoran el entorno natural por su contribución a la calidad de vida; y otro ecocéntrico, en el que se sitúan aquellos que valoran la naturaleza en sí. Estas dos posiciones no constituyen dos polos de un continuo por lo que se analizan como factores separados (Echavarren, 2010).

El ecocentrismo y el antropocentrismo no se limitan a opiniones sobre el medio ambiente, sino que implican la adopción de paradigmas desde los que se interpreta la realidad y que condicionan la conducta individual (Dunlap et al., 2000; Lou, 2025). La evidencia empírica muestra una relación entre orientaciones valorativas y creencias sobre las consecuencias del deterioro ambiental para uno mismo, para los demás y para el entorno natural. Así, las creencias centradas en efectos personales se asocian a valores egoístas; las que enfatizan el impacto sobre los seres humanos, a valores socioaltruistas; y las que destacan las consecuencias para el medio ambiente, a valores biosféricos. En conjunto, estos hallazgos respaldan la estructura tripartita de los valores como un predictor relevante de la conducta proambiental (Amérigo et al., 2005; Calvo-Salguero et al., 2008; Steg & de Groot, 2019; Suárez-Vergne, 2018).

Amérigo et al. (2007) contrastan la estructura tripartita de las creencias ambientales —basada en las dimensiones egoísta, socioaltruista y biosférica propuestas por Schultz (2000)— con la estructura bidimensional de Thompson y Barton (1994), que distingue entre una orientación ecocéntrica y otra antropocéntrica. Amérigo et al. (2007; 2012) concluyen que la estructura más adecuada es la tridimensional, constituida por el antropocentrismo, basado en el valor instrumental del medioambiente para los seres humanos; el biosferismo, que valora el medio natural en sí mismo; y el egobiocentrismo, que integra al ser humano como parte del sistema natural en su conjunto. Es por ello por lo que esta es la clasificación de valores que toma en cuenta el presente trabajo.

Valores ecológicos y comportamiento proambiental

El comportamiento proambiental se define como el conjunto de acciones intencionadas orientadas a minimizar el impacto negativo sobre el medio ambiente o a contribuir activamente a su conservación (Kaiser et al. 2007; Stern, 2000). Estas conductas no constituyen un fenómeno homogéneo, sino que se manifiestan en distintas esferas de acción que responden a motivaciones, valores y contextos específicos.

En este sentido, a partir del análisis factorial de la escala de intención de comportamiento proambiental de Sevillano (2007), Olivos et al. (2014) identificaron tres grandes ámbitos de expresión del comportamiento proambiental: las conductas campistas, las ecológicas o ecologistas y las urbanas. Esta clasificación permite comprender la diversidad de formas en las que las personas manifiestan su compromiso ambiental, diferenciando los contextos, motivaciones y valores que subyacen a cada tipo de acción.

Los comportamientos campistas se refieren a actividades al aire libre, como el senderismo, la acampada o el cuidado directo de ecosistemas naturales, donde la conexión emocional con la naturaleza y los valores biosféricos actúan como predictores significativos de la conducta responsable (Olivos et al., 2014). Este tipo de acciones requiere no solo conocimiento y habilidades técnicas, sino también motivación intrínseca y respeto por los ecosistemas, elementos que las distinguen de otras formas más instrumentales de comportamiento proambiental.

Respecto a las conductas ecologistas, estas incluyen la participación en actividades como el reciclaje, la conservación, el voluntariado ambiental o el consumo de productos sostenibles. Dichas prácticas están influenciadas tanto por valores biosféricos como por normas sociales y altruistas (Calvo-Salguero et al., 2008; Lou et al., 2025). Su impacto se evalúa en función de su contribución observada a la protección ambiental y requieren la internalización de un sentido de responsabilidad social y ecológica. No obstante, se ha constatado que, aunque las actitudes hacia la sostenibilidad suelen ser positivas, su traducción en acciones concretas puede verse limitada por barreras contextuales o percepciones de baja eficacia personal (Nielsen et al., 2024).

Las conductas urbanas, propias de los entornos metropolitanos y ciudades, abarcan prácticas como el uso de transporte sostenible, el ahorro energético, la reducción de residuos o el consumo responsable (Cantillo et al., 2025; Hristova et al., 2025). En este tipo de comportamiento los valores egobiocéntricos y antropocéntricos adquieren mayor relevancia, ya que las personas tienden a ponderar la comodidad, el interés personal y los beneficios prácticos frente a la responsabilidad ambiental. Además, la percepción de cercanía de los impactos ambientales puede reforzar la adopción de hábitos sostenibles incluso en contextos urbanos (Lou, 2025; Lou et al., 2025).

Este planteamiento encuentra respaldo empírico en el trabajo de Calvo-Salguero et al. (2008), quienes evidenciaron que los valores personales son clave para explicar las conductas ecológicas responsables. Los valores biosféricos se relacionan de forma más consistente con el sacrificio personal, el consumo ecológico y la participación ciudadana; los altruistas lo hacen de manera más débil, y los egoístas se asocian negativamente con el sacrificio y el consumo. Recientemente, Andrade y Vieites (2025) explican la limitada adopción del consumo sostenible mediante un modelo multinivel que integra factores de mercado, individuales y sociocontextuales. Su revisión muestra que la brecha entre preocupación ambiental y conducta se debe a la interacción de barreras estructurales (precio, disponibilidad, conveniencia), psicológicas (hábitos, sesgos, autocontrol) y sociales e institucionales (normas, infraestructuras, políticas), lo que subraya la necesidad de intervenciones coordinadas que actúen simultáneamente sobre estos niveles. Estos hallazgos refuerzan la idea de que las conductas proambientales no deben tratarse como un fenómeno unitario, sino como acciones diversas sustentadas en bases motivacionales distintas que operan en varios niveles.

En conjunto, estos estudios ponen de relieve que el comportamiento proambiental se configura como la interacción entre valores, actitudes, autoconceptos, sesgos cognitivos, contexto y tipo de actividad. Comprender estas diferencias resulta esencial para diseñar intervenciones educativas y políticas de sostenibilidad más eficaces, ya que las estrategias útiles para promover conductas ecologistas pueden no ser igualmente efectivas para fomentar conductas campistas o urbanas. En esta línea, la integración de la perspectiva generacional y cultural, junto con la percepción de proximidad ambiental, puede ser clave para fortalecer la predicción del comportamiento proambiental en entornos comunitarios (Franco-López & Merchan Caro, 2024; Nielsen et al., 2024).

Factores sociodemográficos y contextuales

Desde la perspectiva psicosocial se ha constatado la influencia de variables sociodemográficas en la relación entre actitudes y comportamiento proambiental. En este sentido, las mujeres tienden a manifestar mayor preocupación ambiental y empatía ecológica (Zelezny et al., 2002), mientras que las personas mayores suelen mostrar una conciencia ambiental más consolidada (Squires, 2019). Además, la relación entre edad y comportamiento proambiental puede verse moderada por el contexto urbano, el nivel educativo y la exposición a políticas de sostenibilidad (Cantillo et al., 2025).

Por su parte, García et al. (2023) subrayan que la evolución de los patrones conductuales es fundamental para afrontar los retos ambientales actuales. Sin embargo, aún se observa una distancia entre los valores y actitudes proambientales y las conductas efectivas. Esta discrepancia parece estar influenciada no solo por la interacción entre las orientaciones de valor y las variables psicológicas, como la percepción del riesgo, las emociones morales (Li et al., 2022) y la eficacia percibida de las políticas ambientales (Zibarras & Goss, 2025), sino también por factores sociodemográficos como la edad y el sexo.

Hristova et al. (2025) encontraron que los valores ambientales predicen el comportamiento proambiental en población joven, mientras que Cantillo et al. (2025), en un estudio europeo, evidenciaron que las actitudes proambientales, junto con la edad, el género y el contexto geográfico, explicaban las diferencias intergeneracionales en la adopción de comportamientos ecológicos. Estos autores confirmaron que las generaciones de personas adultos mayores, en concreto las cohortes de la posguerra y los Baby Boomer, presentan niveles más altos de comportamiento proambiental (en cuanto al número de acciones realizadas) que los más jóvenes, a saber: Millennials y Generación Z. Esto implica que, contrariamente a la expectativa de que los jóvenes serían los más activos ambientalmente, en este estudio europeo los adultos mayores están más comprometidos en la práctica ecológica.

El país de residencia también influyó de forma significativa. Así, los participantes del norte de Europa mostraron los efectos más intensos tanto para la actitud como para los comportamientos proambientales. En cambio, los países del sur y este de Europa presentaron actitudes más positivas, pero menor conducta ecológica (Cantillo et al., 2025).

Pese a la solidez de estos hallazgos, persisten interrogantes sobre cómo se articulan estas dimensiones de valores-creencias-normas en la predicción de la intención de conducta proambiental. En particular, resulta relevante considerar la interacción simultánea de orientaciones biosféricas, antropocéntricas y egobiocéntricas, dado que podrían influir de manera diferenciada según el tipo de comportamiento proambiental. Por ejemplo, las conductas campistas, relacionadas con el contacto directo con la naturaleza, podrían estar fuertemente influenciadas por valores biosféricos. Las conductas ecologistas, orientadas a la conservación y al reciclaje, podrían depender del biosferismo y egobiocentrismo, al considerar tanto el bienestar del ecosistema como los beneficios personales percibidos. En contraste, las conductas urbanas, como el consumo sostenible, podrían verse más influenciadas por la interacción entre valores egobiocéntricos y antropocéntricos, reflejando decisiones que equilibran intereses personales y percepciones de responsabilidad social y ambiental.

Objetivos e hipótesis

Por todo lo expuesto en el marco teórico, el presente estudio tendrá como objetivo general analizar el papel predictivo de las actitudes y valores hacia la naturaleza (biosferismo, antropocentrismo y egobiocentrismo) sobre la intención de conducta proambiental (ecologista, urbana y campista), considerando además la influencia del sexo y la edad. Planteándose las siguientes hipótesis:

H1. Los participantes con puntuaciones altas en valores biosféricos mostrarán mayor intención de realizar conductas campistas (p. e., realización de acampadas en zonas habilitadas para ello).

H2. Los participantes con puntuaciones altas en valores biosféricos y egobiocéntricos mostrarán mayor intención de realizar conductas ecologistas (p. e., consumo sostenible).

H3. Los participantes con puntuaciones altas en valores antropocéntricos mostrarán menor intención de realizar conductas urbanas proambientales (p. e. respeto de parques y jardines) que aquellos con puntuaciones altas en valores egobiocéntricos.

H4. Los participantes con más edad (vs. jóvenes, Generación Z) y de sexo femenino, que presenten puntuaciones elevadas en valores biosféricos, mostrarán una mayor intención de realizar conductas proambientales.

Método

Diseño

Correlacional, con un enfoque cuantitativo. La muestra se seleccionó de manera incidental, no probabilística.

Procedimiento

El cuestionario fue administrado a través de la plataforma Qualtrics, precedido por un texto informativo en el que se exponían el objetivo de la investigación, las garantías de confidencialidad y el carácter voluntario de la colaboración. Asimismo, se proporcionaban los datos de contacto del asistente de investigación responsable de la recogida de datos, para que los participantes pudieran formular cualquier consulta o solicitar información adicional sobre el estudio. Se informó a todos que podían abandonar el cuestionario en cualquier momento, sin que ello supusiera consecuencia alguna.

El tiempo de cumplimentación estuvo comprendido entre los 7 y 9 minutos (M = 8.04; DT = .51). Tras la recogida de datos, las respuestas fueron analizadas de forma conjunta, garantizando la protección de la identidad de los participantes.

El estudio obtuvo la aprobación del Comité de Ética de la Universidad, con el código de referencia 15-SISH-PSI-2025, cumpliendo los principios éticos establecidos en la normativa vigente sobre la investigación con personas.

Muestra

Participaron 1.011 personas residentes en España, con una edad media de 36.44 años (DT = 12.52), el 59.6 % eran mujeres. La muestra se estratificó en tres grupos, definidos a partir de los terciles de la distribución de edades de los participantes, con un rango de variación de 18 a 66 años.

El primer grupo comprendió a jóvenes de 18 a 27 años, Generación Z (n = 339; 33.5 % de la muestra; M edad = 23.53, DT = 2.37), el segundo incluyó a adultos de 28 a 42 años, denominados Millennials o Generación Y (n = 344; 34.1 % de la muestra; M edad = 34.52, DT = 4.54), y el tercero abarcó a adultos mayores de 43 a 66 años, denominados Generación X o Baby Boomers (n = 328; 32.4 % restante de la muestra; M edad = 51.81, DT = 6.55).

Esta distribución permitirá analizar diferencias en valores y conductas proambientales considerando características generacionales asociadas a cada cohorte. La delimitación de estos grupos etarios se basa en criterios ampliamente aceptados por la comunidad científica (véase Dimock, 2019; Franco-López & Merchan Caro, 2024; Kamenidou et al, 2020).

Se reconoce como limitación que la muestra no está aleatorizada. No obstante, para garantizar la validez de los datos, se eliminaron los cuestionarios cuya duración de cumplimentación se encontraba por debajo de la media menos una desviación típica, así como aquellos con respuestas uniformes en el conjunto de las escalas. Aun aplicando estos criterios, el número final de participantes fue elevado, lo que contribuye a la validez de los hallazgos.

Medidas

Valores de Antropocentrismo, Egobiocentrismo y Biosferismo. Se tuvieron en cuenta las dimensiones desarrolladas por Amérigo et al. (2007) para medir los valores antropocéntrico (por ej. una de las mejores cosas del reciclaje es que ahorra dinero), egobiocéntrico (por ej. necesito tiempo en la naturaleza para ser feliz) y biosférico (por ej. los seres humanos son una parte tan importante del ecosistema como otros animales). Cada uno de los valores ecológicos se evaluó mediante 5 reactivos tipo Likert de cinco puntos, con respuestas que iban de 1 = “muy en desacuerdo” a 5 = “muy de acuerdo”. En el presente estudio las medidas mostraron adecuados niveles de consistencia interna, con un alfa de Cronbach de α =.84 para antropocentrismo, α =.86 para egobiocentrismo y α =.63 para biosferismo.

Intención de comportamiento proambiental. Se aplicó la escala de intención de comportamiento proambiental desarrollada por Sevillano (2007), que proporciona una medida global para llevar a cabo conductas ecológicas. Este instrumento consta de 11 reactivos con formato Likert de cinco puntos (1 = “nunca”; 5 = “siempre”). En el presente estudio mostró una adecuada consistencia interna (α = .76). Además, siguiendo a Olivos et al. (2014) te tuvieron en cuenta tres medidas correspondientes a la intención en las conductas ecologista (5 ítems, por ej. realizo actividades de voluntariado en organizaciones ecologistas, α = .76), urbana (3 ítems, por ej. uso las papeleras, α = .56) y campista (3 ítems, por ej. realizo acampadas en las zonas habilitadas para ello, α = .65)

Datos sociodemográficos referentes a sexo y edad.

Análisis estadísticos

Los análisis de datos se realizaron a través del programa IBM SPSS 29.0. Inicialmente, se calcularon los coeficientes de fiabilidad para evaluar la consistencia interna de las medidas aplicadas, seguidos de análisis descriptivos para caracterizar la muestra y correlacionales mediante el coeficiente r de Pearson, con el objetivo de explorar las asociaciones entre las variables.

Se llevaron a cabo regresiones lineales múltiples, mediante el método enter, para identificar los predictores significativos (antropocentrismo, egobiocentrismo, biosferismo, sexo y edad) de la intención de comportamiento proambiental, así como de la conducta ecologista, campista y urbana.

Además, se realizaron análisis de varianza (ANOVA) para examinar diferencias en los valores ecológicos y comportamientos proambientales según el sexo y los grupos de edad (definidos por terciles). Para estas pruebas se calcularon los tamaños del efecto (η²) y, cuando fue necesario, se aplicaron las pruebas post hoc de Tukey-b para identificar diferencias significativas entre grupos.

Resultados

Comparación en función del sexo para valores y conductas proambientales

Se realizaron análisis descriptivos y comparativos para examinar las diferencias entre mujeres y hombres en los valores ecológicos y las intenciones conductuales proambientales. Tal como se muestra en la Tabla 1, las mujeres presentaron puntuaciones más altas en la mayoría de las variables analizadas. Las diferencias no fueron significativas en las dimensiones de valores antropocéntricos y egobiocéntricos (p > .05), indicando una similitud entre hombres y mujeres en estos valores más centrados en la utilidad humana y el beneficio individual respecto al medio ambiente, mientras que sí se observaron diferencias significativas en el biosferismo y en las diversas intenciones de conductas proambientales evaluadas (ecologista, urbana y campista), así como en la medida global.

Para el total de la muestra, las medias más elevadas correspondieron a las conductas urbanas y al biosferismo, lo que sugiere una alta adhesión general a valores ecológicos de tipo biosférico y a comportamientos cotidianos compatibles con la sostenibilidad en entornos urbanos. En todos los casos, los tamaños del efecto fueron pequeños (η² < .02) según los criterios de Cohen (1988), lo que constata que, aunque las diferencias entre mujeres y varones son consistentes, su magnitud es reducida.

Tabla 1
Valores ecológicos e intenciones conductuales proambientales en función del sexo
VariablesTotal M (DT)Mujeres M (DT)Hombres M (DT)F(1,1010)η²
Antropocentrismo2.19 (1.10)2.15 (1.10)2.24 (1.11)1.750.002
Egobiocentrismo4.30 (0.88)4.33 (0.87)4.26 (0.90)1.880.002
Biosferismo4.63 (0.65)4.67 (0.62)4.56 (0.70)6.96*0.007
Intención de conducta proambiental4.33 (0.82)4.43 (0.78)4.18 (0.86)22.44**0.022
Conducta ecologista3.05 (1.30)3.22 (1.28)2.80 (1.30)25.49**0.025
Conducta urbana4.74 (0.58)4.80 (0.51)4.65 (0.65)16.72**0.016
Conducta campista4.51 (0.85)4.61 (0.77)4.38 (0.93)17.96**0.017
Nota. Elaboración propia.* p<.01** p<001

Relaciones entre sexo, edad, valores ecológicos y conductas proambientales

Se analizaron las asociaciones entre el sexo, la edad, los valores ecológicos y las intenciones conductuales proambientales. El sexo correlacionó negativamente con los valores biosféricos (r = –.08, p < .01) y con todas las conductas proambientales: intención de conducta proambiental (r = –.16, p < .001), conducta campista (r = –.14, p < .001), urbana (r = –.14, p < .001) y ecologista (r = –.14, p < .001). Estas relaciones indican que las mujeres presentan mayores niveles de valores biosféricos y conductas ecológicas que los varones, tal y como se ha constatado previamente al realizar la comparación de medias en función del sexo (véase Tabla 1).

La edad correlacionó positivamente con el egobiocentrismo (r = .07, p < .05), la intención de conducta proambiental (r = .20, p < .001) y las conductas campista (r = .16, p < .001), urbana (r = .13, p < .001) y ecologista (r = .19, p < .001). Estos resultados reflejan que las personas de mayor edad tienden a implicarse más en comportamientos proambientales.

En cuanto a los valores ecológicos, el egobiocentrismo se vinculó positivamente con el biosferismo (r = .49, p < .001) y con la intención de conducta proambiental (r = .34, p < .001), así como con las conductas campista (r = .20, p < .001), urbana (r = .28, p < .001) y ecologista (r = .30, p < .001).

El biosferismo mostró relaciones positivas con la intención de conducta proambiental (r = .39, p < .001) y con las conductas campista (r = .29, p < .001), urbana (r = .36, p < .001) y ecologista (r = .25, p < .001). En cambio, el antropocentrismo correlacionó negativamente con la intención de conducta proambiental (r = –.17, p < .001) y con las conductas campista (r = –.13, p < .001), urbana (r = –.13, p < .001) y ecologista (r = –.12, p < .001), lo que confirma que una orientación más centrada en el ser humano se asocia con una menor intención de implicación ambiental.

Finalmente, las conductas proambientales correlacionaron positivamente entre sí: la intención de conducta proambiental se asoció con la conducta campista (r = .71, p < .001), y de forma elevada con la conducta urbana (r = .56, p < .001) y ecologista (r = .54, p < .001). Además, la conducta campista correlacionó con la urbana (r = .36, p < .001) y la ecologista (r = .23, p < .001), y la urbana con la ecologista (r = .24, p < .001). Estos hallazgos indican una alta consistencia conductual proambiental y constatan que los tres factores forman parte de la medida global sobre la intención de conducta aplicada.

Comparación entre generaciones X, Y, Z en valores ecológicos y conductas proambientales

Se examinaron las diferencias entre generaciones Z (los más jóvenes), Y (Millennials) y X/Baby Boomers (los más mayores) en valores e intenciones conductuales proambientales. Los resultados se presentan en la Tabla 2. En términos de valores ecológicos, los tres grupos generacionales mostraron bajo antropocentrismo, con diferencias significativas: los Millennials obtuvieron la puntuación más baja, seguidos de los Baby Boomers y la Generación Z, lo que indica un ligero mayor antropocentrismo en los más jóvenes.

El egobiocentrismo y el biosferismo fueron elevados en todas las generaciones. En el primer caso no hubo diferencias significativas, y en el segundo tampoco se observaron variaciones entre grupos, lo que sugiere un compromiso ecológico consistente independientemente de la edad.

En cuanto a las conductas proambientales, se registró un patrón creciente con la edad. Tanto la intención como la conducta ecologista y urbana aumentaron progresivamente desde la Generación Z hasta los grupos de mayor edad. En la conducta campista, la Generación Z y los Millennials no difirieron entre sí, mientras que los participantes de mayor edad mostraron niveles superiores.

Estos resultados confirmaron que las diferencias generacionales en antropocentrismo y en todas las intenciones conductuales proambientales fueron estadísticamente significativas (p < .05), con tamaños del efecto de pequeños a moderados (η² entre .007 y .041, Cohen, 1988). Por el contrario, las diferencias en egobiocentrismo y biosferismo no fueron significativas, indicando estabilidad intergeneracional en estos valores ecocéntricos.

Por tanto, mientras que el ecocentrismo se mantiene elevado en todas las generaciones, las intenciones en conductas proambientales presentan un claro gradiente generacional, que sitúa a los participantes de más edad con un mayor compromiso ambiental.

Tabla 2
Valores ecológicos e intenciones conductuales proambientales en función de la edad
VariablesGeneración ZGeneración YGeneración X
M (DT)M (DT)M (DT)F(2.1009)η²
Antropocentrismo2.30 (1.09)c2.08 (1.09)a2.19 (1.12)b3.49*.007
Egobiocentrismo4.21 (0.93)a4.35 (0.86)a4.34 (0.86)a2.59.005
Biosferismo4.61 (0.64)a4.64 (0.68)a4.64 (0.64)a0.22.001
Intención de conducta proambiental4.11 (0.93)a4.36 (0.79)b4.52 (0.67)c22.16***.041
Conducta ecologista2.71 (1.28)a3.12 (1.31)b3.34 (1.24)c21.31***.040
Conducta urbana4.65 (0.69)a4.73 (0.56)b4.82 (0.48)c7.16**.014
Conducta campista4.36 (0.95)a4.49 (0.84)a4.68 (0.71)b12.05***.023
Nota. Elaboración propia. Subíndices (a, b, c) para la prueba post hoc de Tukey-b (α = .05). Generaciones con diferentes subíndices difieren significativamente.* p<.05** p<01*** p<.001

Predictores de las intenciones conductuales proambientales

Se realizó una primera regresión lineal múltiple con el objetivo de identificar los predictores significativos de la intención de conducta proambiental, introduciendo como variables independientes los valores ecológicos (biosferismo, egobiocentrismo y antropocentrismo), así como el sexo y la edad.

El modelo general resultó estadísticamente significativo, F(5, 1006) = 63.60, p < .001, explicando el 23.9 % de la varianza en la intención de conducta proambiental ( ajustado = .236). Se identificaron efectos significativos para todas las variables. El biosferismo fue el predictor más potente (β = .287, t = 9.05, p < .001), indicando que una mayor orientación biosférica se asocia con un incremento en la intención de conducta proambiental. Le siguieron en importancia el egobiocentrismo (β = .160, t = 5.03, p < .001) y la edad (β = .179, t = 6.52, p < .001), mostrando que tanto la valoración del entorno desde una perspectiva de beneficio personal como una mayor edad predicen una mayor disposición a actuar de manera proambiental.

En contraste, el antropocentrismo (β = –.109, t = –3.91, p < .001) y el sexo (β = –.118, t = –4.30, p < .001) se asociaron negativamente con la variable dependiente. Específicamente, puntuaciones más altas en antropocentrismo y ser varón se relacionaron con menores niveles de intención proambiental. Estos resultados indican que la intención de conducta proambiental está explicada principalmente por una mayor orientación ecocéntrica (egobiocentrismo y biocentrismo) y la edad, junto con la influencia menor pero significativa del antropocentrismo y el sexo.

Además, se realizaron tres análisis de regresión, uno por cada tipo de intención conductual: campista, urbana y ecologista (véase Tabla 3). El modelo para la conducta campista resultó significativo. La edad y el biosferismo se asociaron positivamente con esta conducta, mientras que el sexo y el antropocentrismo mostraron relaciones negativas. El egobiocentrismo no fue un factor predictivo.

La regresión para la conducta urbana también fue significativa. En este caso, el biosferismo, egobiocentrismo y edad se asociaron positivamente con la conducta, mientras que el sexo y el antropocentrismo lo hicieron negativamente. Por último, la conducta ecologista fue predicha por las mismas variables que la conducta urbana, lo que indica que ambos comportamientos están influenciados por los mismos factores.

Tabla 3
Análisis de regresión múltiple para las intenciones conductuales campista, urbana y ecologista
Conducta campistaConducta urbanaConducta ecologista
Variables predictorasΒtβtΒt
Sexo–.12–3.93***–.11–3.80***–.11–3.92***
Edad.144.90***.113.99***.175.78***
Egobiocentrismo.051.48.123.65***.226.41***
Biosferismo.257.22***.288.47***.133.76***
Antropocentrismo–.09–2.86**–.08–2.58**–.07–2.32*
R.36.42.39
.13.18.15
F(5, 1006)30.58***42.91***36.41***
Nota. Elaboración propia. Sexo 0=hombre, 1=mujer.* p<.05** p<01*** p<.001

En general, los resultados muestran un patrón consistente. Así, las orientaciones de valor biosférica y egobiocéntrica, junto con una mayor edad, predicen más intenciones conductuales proambientales, mientras que el antropocentrismo y el sexo masculino se asocian con una menor intención conductual caracterizada por las conductas campista, urbana y ecologista.

Discusión

A la luz de los resultados obtenidos se puede constatar el papel central de los valores ecológicos en la predicción de la intención conductual proambiental, en consonancia con la Teoría de la VBN (Stern et al., 1999; Stern, 2000) y la Teoría del Comportamiento Planificado (Ajzen, 2020). Así, los cuatro modelos de regresión lineal explican entre un 13 % y un 24 % de la varianza, evidenciando que los valores ecológicos, junto el sexo y la edad, contribuyen de manera significativa a la disposición intencional hacia comportamientos proambientales ecologista, campista y urbano.

En relación con las hipótesis planteadas, los hallazgos respaldan la H1, ya que el biosferismo es el predictor más fuerte de la conducta campista, indicando que las personas que otorgan un valor intrínseco a la naturaleza manifiestan una mayor intención de realizar actividades en entornos naturales. Este resultado sugiere que dicha conducta está asociada a una motivación experiencial y de conexión emocional con la naturaleza, en línea con lo plateado por Whitburn et al. (2020).

La H2 también se confirma, puesto que tanto los valores biosféricos como los egobiocéntricos predicen de forma significativa la conducta ecologista, vinculada al consumo responsable. En este caso, el antropocentrismo actúa como predictor negativo, lo que evidencia que una visión utilitarista del entorno natural disminuye la predisposición hacia comportamientos ecológicos más transformadores (Olivos et al., 2014; Sevillano & Olivos, 2019).

Los hallazgos relativos a la conducta urbana proambiental apoyan la H3, mostrando que los participantes con puntuaciones más altas en valores antropocéntricos presentan una menor intención de realizar acciones en este tipo de entornos. Al mismo tiempo, se observa que el biosferismo, el egobiocentrismo, el sexo y la edad predicen positivamente una mayor predisposición a participar en actividades proambientales en estos entornos. La relación negativa entre los valores antropocéntricos y la intención de conducta en entornos urbanos puede interpretarse en consonancia con lo planteado por Lou et al. (2025), quienes argumentan que en las urbes los costes percibidos de las acciones sostenibles (p. ej. pérdida de comodidad o tiempo) son más inmediatos que los beneficios ambientales, esta lógica utilitarista puede acentuarse, debilitando la predisposición a implicarse en comportamientos ecológicos urbanos.

La H4 se confirma parcialmente, observándose un efecto positivo de la edad y del sexo femenino sobre la intención de conducta proambiental, así como una relación positiva con los valores biosféricos. Sin embargo, no existe una interacción entre el sexo y la edad en relación con los valores ecológicos, lo que indica que las mujeres no difieren generacionalmente en su orientación biosférica. En consecuencia, aunque los adultos y las mujeres presentan una mayor predisposición ecológica, el peso predictivo del biosferismo se mantiene estable entre las generaciones analizadas.

En conjunto, los resultados descriptivos y correlacionales muestran una clara tendencia hacia la internalización de valores ecológicos, destacando el predominio del biosferismo frente a las otras dos orientaciones de valor. Este patrón se asocia significativamente con las intenciones de conducta proambiental, especialmente con las conductas campista y ecologista, lo que sugiere que la atribución de valor intrínseco a la naturaleza se traduce en una mayor disposición a actuar en favor del medio ambiente. Asimismo, se observaron diferencias significativas por sexo; las mujeres mostraron niveles más elevados de valores biosféricos, así como en las intenciones conductuales proambientales, si bien con un tamaño del efecto pequeño (Cohen, 1988). Los participantes jóvenes (particularmente de la Generación Z) presentaron puntuaciones relativamente inferiores en las intenciones conductuales y valores más antropocéntricos. Estos resultados refuerzan la idea de que los valores ecológicos operan como base motivacional transversal del comportamiento sostenible, junto con los factores sociodemográficos que expresan distintas formas de vinculación con la sostenibilidad, en consonancia con los postulados sobre diferencias de género y ciclo vital en la sensibilidad ambiental (Squires, 2019; Zelezny et al., 2002).

Los hallazgos son coherentes con investigaciones previas que destacan el papel de los valores biosféricos como núcleo motivacional del comportamiento sostenible (Amérigo et al., 2007; Steg & de Groot, 2019). Los análisis por edad y sus cohortes revelan que las personas más adultas muestran una mayor intención conductual proambiental, probablemente asociada a una mayor conciencia de consecuencias y a un sentido de responsabilidad intergeneracional (Squires, 2019). No obstante, estudios recientes indican que la Generación Z desarrolla formas emergentes de conciencia ecológica emocional y relacional (Franco-López & Merchán Caro, 2024), lo que sugiere que, aunque el compromiso aumenta con la edad, se podría estar produciendo cambios en la expresión del ambientalismo juvenil. Sabine Topf y Maarten Speekenbrink (2022) subrayan que la visibilidad de “huellas conductuales” proambientales en el entorno cotidiano actúa como mecanismo de influencia social y favorece la adopción de comportamientos sostenibles, lo que permite interpretar estas diferencias generacionales no solo en términos de valores e intenciones, sino también en función de la socialización y exposición a señales ambientales que facilitan la imitación y la normalización de prácticas ecológicas.

Asimismo, a través de este estudio se ha constatado que las actitudes y valores biosféricos reflejan un proceso de internalización moral y simbólica de la sostenibilidad. Desde esta perspectiva, las intervenciones educativas deberían ir más allá de la provisión de información ambiental y centrarse en experiencias que fortalezcan la identidad ecológica, la empatía hacia la naturaleza y la percepción de autoeficacia. En este sentido, Graul & Deanne Brocato (2025) subrayan que la formación en sostenibilidad resulta más efectiva cuando integra aprendizaje experiencial, estudios de caso y discusión crítica, ya que estos enfoques facilitan la aplicación de marcos teóricos a situaciones reales y promueven hábitos cognitivos y motivacionales coherentes con la acción sostenible. De este modo, la educación ambiental no solo transmite conocimientos, sino que contribuye al desarrollo de competencias prácticas y disposiciones identitarias que favorecen la traducción de valores en comportamientos.

Las diferencias observadas por sexo y edad, donde las mujeres y las personas de más edad (Generación X) tienden a mostrar mayor sensibilidad ambiental son coherentes con otros hallazgos (véase Squires, 2019; Zelezny et al., 2002). Sin embargo, evidencia empírica reciente sugiere un creciente compromiso ecológico entre los jóvenes, posiblemente vinculado a una transición generacional hacia un modelo de sostenibilidad más relacional, emocional y comunitario (Cantillo et al., 2025).

La perspectiva de las ciencias del comportamiento ofrece un marco prometedor para comprender y promover acciones medioambientales. Nielsen et al. (2024) enfatizan la necesidad de integrar el conocimiento conductual en múltiples disciplinas, favoreciendo una investigación orientada a soluciones que vincule a ciudadanía, responsables políticos y agentes sociales. En esta línea, los hallazgos refuerzan la importancia de los valores ecológicos y los factores sociodemográficos, como la edad, para fomentar conductas sostenibles en distintos contextos.

En síntesis, este estudio presenta contribuciones novedosas. En primer lugar, integra simultáneamente las orientaciones de valor ecológico (biosferismo, egobiocentrismo y antropocentrismo) en la predicción diferenciada de tres tipos de conducta proambiental (ecologista, urbana y campista), permitiendo identificar patrones motivacionales específicos según la conducta proambiental analizada. En segundo lugar, introduce un análisis comparativo intergeneracional que no solo considera la edad como variable continua, sino también como cohorte, lo que permite observar gradientes generacionales en la intención conductual. En tercer y último lugar, se evidencia que el biosferismo actúa como núcleo motivacional transversal estable entre generaciones, mientras que la traducción conductual de dichos valores muestra variaciones asociadas al ciclo vital, aportando una explicación más matizada del vínculo entre valores e intención conductual.

Finalmente, estos hallazgos sugieren que las intervenciones orientadas a promover conductas proambientales deberían diseñarse de manera diferenciada según el contexto conductual y el grupo etario. En el caso de conductas campistas y de contacto con la naturaleza, estrategias centradas en fortalecer la conexión emocional y la experiencia directa podrían resultar especialmente eficaces. En entornos urbanos, donde el antropocentrismo actúa como predictor negativo, podrían implementarse intervenciones conductuales que reduzcan los costes percibidos y visibilicen beneficios inmediatos, incorporando principios de la ciencia del comportamiento (p. ej. señales normativas, retroalimentación social, facilitación estructural). Asimismo, dado que el compromiso aumenta con la edad, los programas dirigidos a jóvenes podrían enfocarse en reforzar la autoeficacia ambiental y la traducción de valores en acciones concretas, evitando asumir que la mera adhesión a valores biosféricos garantiza la conducta sostenible.

Conclusiones

El valor ecológico caracterizado por el biosferismo constituye un predictor central de la intención de conducta proambiental, tanto global como específica (campista, urbana y ecologista). Asimismo, se constata que la edad y el sexo influyen de manera complementaria, siendo los adultos y las mujeres quienes muestran una mayor predisposición hacia comportamientos sostenibles.

En términos de grupos etarios, las diferencias constataron que las generaciones mayores (X y Baby Boomers) presentan mayor intención conductual proambiental en comparación con los jóvenes (Generación Z), si bien los valores de biosferismo y egobiosferismo se mantienen relativamente estables entre cohortes, lo que sugiere que las diferencias intergeneracionales se reflejan más en la disposición conductual que en la estructura de valores subyacente. Vale decir, las distintas generaciones comparten una base axiológica común en torno a la preocupación ambiental, aunque difieren en la forma en que traducen dichos valores en intenciones y comportamientos específicos. Esta estabilidad valorativa, junto con las variaciones en la expresión intencional conductual, ofrece una comprensión más matizada del compromiso ecológico.

A pesar de la confirmación de las distintas hipótesis en el presente estudio, existen algunas limitaciones que deben considerarse. En primer lugar, su diseño transversal. En segundo lugar, la muestra se circunscribe al contexto español, lo que podría restringir la generalización de los resultados a otros entornos socioambientales. Asimismo, aunque se incluyeron variables sociodemográficas como el sexo y la edad, otros factores relevantes, como la educación ambiental y el locus de control, no fueron considerados y podrían influir en las intenciones conductuales. Finalmente, la medida de intención de conducta proambiental se basa en un autoinforme, lo que puede estar sujeto a sesgos de deseabilidad social.

Futuras investigaciones con una perspectiva transcultural y muestras más diversas en términos de edad podrían ofrecer una visión más completa sobre la estabilidad y variabilidad de los valores e intenciones proambientales entre generaciones y culturas. También sería conveniente incorporar variables mediadoras o moderadoras, como la autoeficacia ambiental percibida, la identidad ecológica o la exposición a programas educativos sostenibles, que podrían ofrecer una comprensión más completa de los mecanismos que sustentan la intención de acción proambiental. Además, se sugiere combinar medidas de intención con evaluaciones de conducta observada, con el fin de analizar la coherencia entre intención y acción en diferentes ámbitos del comportamiento sostenible. Por último, sería necesario analizar de forma longitudinal qué elementos facilitan que los valores ecológicos se traduzcan en acciones sostenibles efectivas, poniendo el foco en las cohortes más jóvenes.

Desde una perspectiva aplicada, los resultados permiten orientar intervenciones diferenciadas según el grupo etario y el tipo de conducta proambiental. En el ámbito educativo, especialmente en etapas escolares y universitarias, los programas dirigidos a jóvenes deberían centrarse en facilitar la traducción de los valores biosféricos en conductas concretas. Dado que la Generación Z muestra una orientación valorativa relativamente elevada, pero con menor intención conductual, las intervenciones podrían incorporar estrategias de fortalecimiento de la autoeficacia ambiental, aprendizaje-servicio, proyectos participativos y experiencias directas en entornos naturales que consoliden la conexión emocional con la naturaleza y reduzcan la brecha valor–acción.

En contextos urbanos, donde el antropocentrismo se asocia negativamente con la intención conductual, las campañas de sensibilización podrían enfatizar beneficios inmediatos y tangibles (salud, bienestar, ahorro económico), junto con el uso de señales normativas visibles que refuercen la percepción de que los comportamientos sostenibles son socialmente compartidos y habituales.

En población adulta, donde el compromiso proambiental aparece más consolidado, las intervenciones podrían orientarse hacia el liderazgo comunitario, la mentoría intergeneracional y la implicación en iniciativas locales de sostenibilidad, aprovechando el mayor sentido de responsabilidad detectado en este grupo.

En términos formativos, los hallazgos sugieren que los programas educativos en sostenibilidad deberían integrar componentes experienciales, reflexivos e identitarios, promoviendo no solo la adquisición de conocimientos, sino también la internalización moral y la construcción de una identidad ecológica coherente con la acción.

En conclusión, estos resultados aportan evidencias para comprender cómo las distintas generaciones (X, Y, Z) comparten una base de valores ecológicos biosféricos y egobiosféricos/ no antropocéntricos, aunque difieran en la expresión conductual de los mismos, subrayando la importancia de promover estrategias educativas y sociales adaptadas a cada cohorte de edad.

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